El dólar

Publicado por: Un Fan del Blog

Obra enviada por Jorge Majfud

Cuando sintió ese olor metálico que siempre le recordaba a sus vacaciones en el monte, cazando por diversión todo tipo de pequeños animales que extremaban sus habilidades para escaparse volando, corriendo o arrastrándose, se imaginó a Marina llamando a José Ignacio. Su secretaria principal y su mano derecha habían construido una relación especial, y fácilmente adivinaba la secuencia de los hechos. Por un momento dudó y sonrió.

“La semana que viene”, le había dicho a él, dilatando sin razones la tan ansiada promoción. No sabía por qué lo había hecho. Ya tenía decidido que el chico valía oro y Marina esperaba día a día, mes tras mes con inconfesable expectativa, la decisión del jefe.

Tal vez era un juego. Pensó que por naturaleza era algo sádico, un hombre práctico que a cada paso necesitaba demostrar a sus empleados que todo lo bueno cuesta mucho. Pero en el fondo, como decían algunos, no era tan malo. Era justo, terriblemente justo.

Marina y José Ignacio eran lo más parecido a lo que hubiesen sido sus hijos. Luego pensó en el ingeniero de la división Neumáticos, que había tenido un niño unos días antes y pensó que ninguno de sus empleados había pasado necesidades en los últimos diez años, desde que decidió reestructurar la empresa despidiendo al treinta por ciento del personal, pero salvando al resto que se hubiese quedado en la calle si la empresa quebraba.

Pensó en lo que decían de él los diarios en público y sus más íntimos en privado: era un hombre avaro, no del todo malo pero su avaricia se sobreponía a cualquier contratiempo y a cualquier sentimiento de piedad. Uno de esos intelectuales que dan clases en Europa dijo que había sido, precisamente, la avaricia, el motor principal del éxito de todas sus empresas y que si algún otro sentimiento hubiese anidado en el corazón del famoso entrepreneur, seguramente hubiese hecho naufragar todas sus empresas; y con ellas el mediocre destino de miles de empleados altamente calificados. Su única pasión, el dinero, había logrado contagiar a través del entusiasmo personal y del ejemplo de una compañía modelo, a una legión de nuevos creyentes, por lo cual (pensaba, cada vez que comía, bebía o hacía el sexo en exceso) un día su muerte sería vasta e inútilmente comentada pero no acabaría con el perdurable imperio tecnológico y financiero que había logrado fundar a partir de la nada.

Estaba tan orgulloso de sí mismo en la misma proporción que se detestaba. Con el tiempo había desarrollado su propia teoría psicológica, a pesar de sus rudimentos intelectuales: todo individuo que se ama por lo que hace, se detesta por lo que es.

Marina era una chica demasiado joven para su talento y su sentido de la responsabilidad. José Ignacio no le iba a la saga en inteligencia y capacidad de prever con cinco años de anticipación las demandas del mercado. Compartía con él no sólo la pasión por los negocios sino también unos ojos increíblemente negros, profundamente negros como la nada.

Cuando chico, sus abuelos exageraban elogios y decían que parecía una estatua egipcia, silenciosa; de mirada oscura pero hermosa, perdida en la eternidad del porvenir.

Como su padre.

—¿Por qué Clarita tiene los ojos azules y yo los tengo negros, papá?

—Porque así es la naturaleza, mi chiquito. Tu mamá tiene los ojos color café y yo tengo los ojos negros. Cuando naciste, tomaste el pelo rojo de mamá y los ojos negros de papá. Por eso te pareces un poquito a los dos.

Le fascinaban los camiones tanto como los detestaba. Los sábados, temprano por la mañana, saltaba de alegría cuando escuchaba el rugido del Ford. Los domingos de noche se escondía debajo de las sábanas para no escuchar el mismo ronquido, que se llevaba a papá por otra semana.

Cada sábado, papá le llevaba algo nuevo que había conseguido en sus viajes de camionero. Un auto en miniatura que le quitaron los amigos de la escuela; una caja de lápices de colores; un libro de cuentos llenos de animales y chinos voladores; una armónica que la dueña de una pensión cambió por cinco litros de combustible.

Un día, su padre no pudo quedarse hasta el domingo y apenas llegó tuvo que marcharse. No tuvo tiempo de llevarle un regalo y le dio un dólar. Recordaba, no sabía por qué, el rostro de George Washington y su padre explicándole que con ese dólar se podía comprar algún juguete.

Mientras anochecía, su padre se acercó al acama y le preguntó por qué lloraba.

—No quiero que te vayas hoy —dijo.

—Tengo que hacer un trabajo en la frontera, hijito, me tengo que ir pero vuelvo en unos pocos días.

—No puedes irte, yo no quiero.

—Mira, guarda el dólar y la semana que viene yo traigo otro y te prometo que iremos a la tienda del turco a comprar un juguete.

—¿Cuál?

—Cualquiera. Con dos dólares puedes comprar cualquier juguete. Así que tenemos que decidir cuando yo vuelva. Si no lo pierdes, podremos ir a la tienda. Durante la semana pasas con mamá y miras en la vidriera el juguete que más te guste.

—Pero el sábado de tarde está cerrado.

—El turco me abrirá, estoy seguro… Además, es posible que esta semana venga un poco antes. El sábado a mediodía, o tal vez el viernes de tarde…

La promesa lo había dejado tranquilo pero pensando en el próximo fin de semana.

Su padre no cenó antes de irse, como era habitual. Estuvo conversando con su madre en la cocina un rato largo. Después escuchó, con la misma ansiedad de cada domingo, los preparativos del viaje y el rugido del camión que de a poco se perdió entre el ruido de los motores de otros iguales que circulaban por la calle.

Tarde noche llegaron ellos.

Su madre dijo que no estaba.

—No mienta, señora, que sabemos que está escondido en alguna parte de la casa.

Revisaron, inútilmente y con creciente frustración, toda la casa. Cuando uno se acercó a él, le preguntó qué estaba escondiendo en la mano. Él no respondió. Entonces uno de ellos se acercó y le abrió la mano con fuerza hasta que cayó el dólar.

—Caramba —dijo el otro—. ¿Qué vamos a hacer con tanto dinero?

Él corrió a tomarlo pero uno de ellos fue más rápido y se lo quitó.

—¿Cómo te llamas?

No respondió.

—¿Te comieron la lengua los ratones? Bueno, si no me respondes no tendrás tu dinero de vuelta.

Recuerda que gritó con desesperación y alguien lo agarró por los hombros como si fuesen dos tenazas.

—Otra vez. ¿Cómo te llamas?

—Alejandro — dijo.

—Pues, qué lindo nombre. ¿Y tu papá?

No recibió respuesta.

—Si no me dices cómo se llama tu papá no te devuelvo el dólar.

—Ernesto.

—Pues, qué lindo nombre. Ernesto…. ¿Y dónde está Ernesto?

—No sé.

—Pero cómo, ¿cómo un hijo no sabe dónde está su padre? ¿No te quiere tu padre?

—Sí.

—Entonces, ¿dónde está tu papi?

Sin respuesta.

—Muy bien. Nos tendremos que llevar el dólar.

—No! No se lleven el dólar.

—¿Quieres tu dólar? Entonces, dinos dónde está tu papito. Tenemos que pagarle un trabajo.

—En el camión. Se fue a la frontera.

Recordó el grito desesperado de su madre que decía que no, que se había ido a Sierra, a Sierra del Rio.

—A la frontera, mamá. Papá me dijo que se iba a la frontera.

Y su madre que gritaba más fuerte que no, que se había ido a Sierra del Rio, como siempre.

—Buen chico —dijo uno de ellos— Aquí tienes tu dólar.

Alejandro agarró el dólar y lo apretó fuerte, recordó la sonrisa de su padre que la última vez le dijo “la semana que viene”, y disparó.

 

Autor: Jorge Majfud

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