El poder de la indecisión

Publicado por: Dana

pasteles

Una mujer y su marido se encuentran en la entrada de la casa, ella va a coger su sombrero y se lo coloca sobre la cabeza.

Escena 1:

Juan: (con prisa)

-Entonces, ¿qué es lo que tengo que traer al final?

Su mujer:

-El pan y algo de merienda para los invitados que llegan a las 6 de la tarde. – la mujer hace amago de irse.

Juan:

– ¿Algo como qué? – Juan toca el brazo a su mujer y la mira pidiendo ayuda.

Su mujer:

– No sé, algún dulce. Coge algo de lo que veas en la panadería, que siempre tienen ricos pasteles y eso. – lo dice mientras coge a su marido, abre la puerta y lo lleva hacia fuera. – Date prisa, ¡que ya sabes la cola que se forma!

Juan:

– Lo sé, ya voy, ya voy. – Se coloca el sombrero que hay en la percha –  ¿Ni siquiera me vas a dar un beso?

Su mujer:

– Claro que sí – Se inclina y besa a su marido en la mejilla-. Venga, que se hace tarde Juan. –lo dice mientras cierra la puerta tras de sí. De repente se da cuenta de algo y vuelve a abrir la puerta, gritando-. ¡No te olvides de los pasteles, que nos conocemos!

Escena 2:

Narrador:

Juan es el primero de una larga cola que se forma tras de sí. Mira al panadero, un hombre grueso con gran bigote, que lo va a atender con alivio.

Juan:

– Menos mal, ya he llegado, parecía que no iba a ser nunca. – sonríe.

Panadero:

– Es lo que tiene ser la única panadería del pueblo señor, pero le puedo decir que la espera ha merecido la pena, ¡ja ja!. – La risa del panadero es potente y enérgica.

Juan: (vagamente intimidado por su risa)

– Bien, déme dos barras de pan por favor.

Panadero: (señala a la vitrina con los pasteles)

– Y, ¿no quiere el señor alguno de nuestros ricos pasteles?

Narrador:

A Juan de repente se le ilumina la cara, mira hacia un lado pensando en lo que le habría ocurrido si llega a aparecer sin los pasteles.

Juan:

– Sí, sí, claro. Vaya, casi se me olvidan y mi mujer me mata. – lo dice señalando cómicamente su cuello.

Panadero:

-Ni que lo diga, estas cosas las mujeres las llevan muy mal, ¡ja ja! – de nuevo ríe – Entonces, dígame señor qué es lo que se va a llevar.

Juan: (indeciso)

– Verá, van a venir 4 invitados: 2 niños y 2 adultos. Usted tiene más experiencia, ¿qué le parece a usted que debería llevarme?

Panadero:

– Pues, con los niños lo que no falla es el chocolate. Sin duda una tarta de chocolate es una opción ideal.

Juan:

– Oh, no, no puede ser chocolate. Mi mujer es alérgica al chocolate.

Panadero:

– Entonces quizá una clásico pastel de fresas con nata podría ser una buena opción.

Juan: (sigue indeciso)

– Ehm, sí tiene razón, aunque temo que hay uno de los niños, no recuerdo ahora cual, a quien no le gusta nada. No querría dejar al pobre niño sin tomar dulce. – le mira buscando comprensión.

Narrador:

El panadero comienza a ponerse nervioso, hay aún mucha gente en la cola y Juan le está entreteniendo demasiado. Mira al reloj y la cola intentando dar a entender a Juan que debería darse prisa, pero este parece no darse cuenta de las señales del panadero y sigue durante unos largos segundos mirando fijamente a la vitrina como si fuera a encontrar la respuesta grabada en el cristal .

Panadero:

– Señor, no hay cosa más cierta en este mundo que esto: a veces no se puede contentar a todos.

Juan: (con cierta indignación)

-Pero cómo me dice eso hombre, alguna solución tiene que haber, todo el mundo celebra meriendas con sus amigos y no resultan tan conflictivas. ¿No estará usted haciendo las cosas más complicadas de lo que en realidad son?

Panadero: (con los ojos como platos)

– Señor, creo que es usted el que se ve incapaz de elegir un simple pastel.

Narrador:

Una señora, que va justo después en la cola que Juan, lleva tiempo escuchando la conversación y poniendo toda clase de caras desde la impaciencia, pasando por la consternación y algo de ira. Cada vez se acerca más a la pareja que discute sobre pasteles, más y más harta de la absurda conversación.

Señora:

– Señores, ¿me disculpan por favor? – capta la atención de los dos hombres que ya se miran fijamente, enfadados. – Creo que existe una solución perfecta para este problema, si me permite que se la diga.

Juan: (esperanzado)

– Sí, por favor dígame.

Señora:

– Lo único que tiene que hacer usted es comprar ambos pasteles. Así cada persona podrá elegir entre ellos cual le gusta más.

Narrador:

Juan y el panadero se quedan con la boca a abierta por un momento. Después se miran y se sonríen nerviosamente.

Juan:

– Por supuesto, ¡qué tonto he sido! Por favor señor, póngame los dos pasteles.

Panadero:

– En un segundo los tiene. –Se apresura a prepararlo, aliviado.

Narrador:

Juan sale de la panadería, recibiendo el aplauso de toda la fila mientras se aproximaba a la puerta.

Escena 3:

Narrador:

Juan llega a su casa por fin, su esposa le abre la puerta y entra apresuradamente ofreciéndole un paquete.

Juan:

– Ya estoy aquí cariño, ahí tienes los pasteles.

Su mujer:

– ¡Madre mía lo que has tardado! – se dedica a observar el paquete en busca de algo mientras va frunciendo el ceño poco a poco y mirando con cara asesina a su marido– Juan… Juan, Juan, Juan. ¿Dónde está el pan?

Narrador:

El telón se cierra con un súbito ataque de terror de Juan ante su olvido y la cara con la que le mira su esposa.

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Escritora aficionada de literatura breve, amante de los buenos libros, el cine,la música y los animales. ¡Estudiante de arte y enamorada de la vida a cada segundo que pasa!