El último escalón

Publicado por: Un Fan del Blog

Historia enviada por Jorge Majfud

Cuando abrió los ojos vio su rostro entre las tinieblas. Era el fantasma de María. Pronunció su nombre, intentando verificar lo que no podía ser real: María había muerto hacía un año.

—Soy yo…

—¿María?

—No, Ernesto. Mamá murió hace mucho tiempo. Soy yo, Lucía.

Hizo un gran esfuerzo por reconocerá a Lucía en aquel rostro. Pero el fantasma de María persistía en Lucía que, entre risas y lágrimas, repetía su nombre: Ernesto, por fin, Ernesto…

Ernesto seguía borracho, sin comprender. Apenas recordó los hechos del día anterior. La discusión en la cocina. Lucía subiendo las escaleras hacia el dormitorio y él siguiéndola detrás. Él le reprochaba algo que Lucía no quería escuchar. ¿Qué intentaba decirle? No recordaba.

—Ernesto, por fin, Ernesto…

Ernesto había subido las escaleras pero debía haber tomado de más, porque por más esfuerzos que hacía no podía alcanzar los últimos escalones. Ganas de llorar sin llorar, ganas de gritar de dolor sin decir nada. Luego, sí (recordaba perfectamente como un vértigo), que se había ido de espaldas y había caído en el vacío.

Eso había ocurrido catorce años atrás. En el medio nada, ni el más leve sueño, ni un solo recuerdo, ni una palabra de esperanza y consuelo, ninguna de todas aquellas que tanto le repetía su hijo Gustavo los primeros años, antes de todas sus transformaciones y mucho antes de evitar la tumba viva de su padre.

Lucía se había convertido en el retrato vivo de su madre. Pero Ernesto todavía podía ver en muchos detalles que la distinguían de sus padres (la mirada a veces cariñosa, la postura de sus labios carnosos) esos signos del amor tierno y apasionado de los primeros años juntos.

 

El mundo y su familia habían cambiado, como siempre, de formas imprevistas. Lucía no sólo había envejecido catorce años en un abrir y cerrar de ojos; el pequeño Gustavo que vio ayer con cinco años acababa de ser expulsado de la universidad por consumo de drogas en el campus. El niño alegre e inquieto ahora tenía el pelo abundante y más oscuro, la mirada perdida y la conversación confusa. Lo peor: su hijo no alcanzaba a demostrar alguna emoción, buena o mala, hacia las personas que lo rodeaban. Sus respuestas más frecuentes eran “sí” y “no”, lo que al convaleciente Ernesto sobaban “no sé, no tengo idea” o “no me interesa”. Su rostro adormecido aparecía siempre iluminado por el teléfono celular que chequeaba sin cesar, a pesar de que ya no tenía novia y casi no tenía amigos.

Ernesto tuvo que hacer un esfuerzo aún mayor que con Lucía para reconocer en aquel muchacho alto y delgado, en aquel hombre, a su hijo. Por magia de un simple golpe, el padre se había perdido no sólo la infancia y la adolescencia de su hijo, su pasado, sino también su futuro. Gustavo también se había perdido su propio futuro, ese futuro lleno de promesas que se merecía aquel saludable niño de cinco años. Cinco años atrás había contraído sida apenas comenzó a probar las drogas.

Lucía también estaba reticente al diálogo. Ella decía que esa impresión se debía al estado físico y anímico de él. Una persona que ha pasado catorce años en coma no se recupera del día para la noche. No sólo sus músculos habían sufrido la inacción, sino que el mundo se había vuelto algo irreconocible para quien no lo había acompañado en todo sus cambios.

Rápidamente Ernesto sintió nostalgia por el día anterior, apenas despertó del coma. Las primeras horas habían sido de confusión para él, pero de alegría para Lucía y las enfermeras. El doctor había llamado a Lucía porque había detectado cambios en su estado y su rostro fue el segundo rostro que vio antes de comprender qué había ocurrido. Pero con el correr de los días las cosas fueron cambiando. La alegría de Lucía y la sonrisa forzada de Gustavo fueron perdiendo su resolución. Para Gustavo, el hombre que había despertado ya no era su padre. Para Lucía, había dejado de ser su esposo.

Con el tiempo el deseo de que Ernesto despertase se fue convirtiendo en resentimiento. Madre e hijo habían sobrevivido a duras penas. Habían aprendido a vivir sin él. Hasta habían aprendido a vivir con un padre que no estaba vivo ni estaba muerto, que era peor que estar vivo o estar muerto.

Tuvo que escuchar, con remordimiento, cada detalle de cómo Gustavo contrajo el virus del sida de sus amigas adictas a la cocaína o como consecuencia de un mal tatuaje, una calavera con una corona de rosas con una inscripción china y otra hebrea que ni él sabía leer. En la secundaria nunca fue un buen alumno, pero su infierno había comenzado con los tatuajes y la adicción, no sólo a la cocaína sino a un número muy limitado de cosas y actividades, como chequear su teléfono celular o practicar skateboarding hasta fracturarse codos y tobillos. Había durado un poco más en la universidad que en cualquier trabajo, gracias a diversos programas de ayuda psicológica que finalmente abandonó.

Lucia había logrado sobrellevar su vida y la de su hijo, que insistía en culparla de todas sus desgracias, incluida la del padre, con la ayuda anímica y económica de un hombre con el cual, pocos días atrás, había resuelto irse a vivir definitivamente. No podía vender la casa ni podía vivir con él allí. Así que pensaba dejársela a Gustavo, quien vio aquel cambio como el inicio de su ilusoria liberación. Ahora el regreso del padre complicaba las cosas tanto como las había complicado su ausencia.

Todo, se dijo Ernesto en la soledad de la noche, por una copa de más.

 

Cinco días después, una noche en la cocina de la casa de Charleston, por insistencia de Ernesto, Lucía le refirió el accidente y las circunstancias que lo habían provocado. Un verano, Ernesto había tomado la costumbre de alcoholizarse y se irritaba por cualquier cosa. (¿Por qué? no lo sabía, las cosas no estaban tan mal entre ellos, su trabajo en el hospital era excelente.) Una noche Lucía le reprochó el mal ejemplo que le estaba dando a su hijo, discutieron y ella se refugió en la habitación de arriba. Él subió las escaleras y antes de llegar al último escalón se cayó hacia atrás.

Ernesto recordaba esto último, sobre todo la dificultad que sentía para alcanzar el último escalón primero y para agarrarse del pasamanos después. Luego ese vértigo que había soñado varias veces después del coma.

Lucía se quedó mirándolo como si estudiara su rostro.

—¿No recuerdas más nada? —preguntó.

—No —contestó Ernesto—. No recuerdo más nada después de eso.

—¿Y antes?

—Tampoco. ¿Debo recordar algo importante?

—No —contestó Lucia—. Sólo quiero que te recuperes.

En realidad Ernesto se sentía cansado pero recordaba muchas cosas, como una persona normal que ha despertado de una noche de descanso profundo.

 

Un día Ernesto le dijo a Lucía que tenía algunos recuerdos fragmentados. Mintió que comenzaba a recordar aquella discusión que lo llevó a la escalera.

—Estábamos discutiendo acerca de otro hombre… —dijo Ernesto, como pensativo.

—No —se apresuró a contestar Lucía—. No te formes recuerdos falsos. Estábamos discutiendo porque nuestra relación se había deteriorado mucho y tú habías inventado esa historia de otro hombre. Nunca hubo otro hombre hasta…

—¿Hasta cuándo?

—Hasta mucho después que caíste en coma. El seguro de vida se agotó en menos de tres años y con mi empleo en Barnes & Noble casi no daba para pagar las cuentas…

—Entonces fue por necesidad.

—No… Si hubiese sido por necesidad hubiese buscado otro hombre mucho antes.

—Bueno, al menos te enamoraste en serio una vez.

—No has cambiado nada. Lógico, no han pasado catorce años para ti. Sigues siendo el mismo. En fin, sí me enamoré, pero no por primera vez. La primera vez fue en Filadelfia. Tenía dieciséis años. Un amor casi platónico, si no contamos los besos en la Franklin Square. La segunda vez me enamoré en serio. No sé si te enteraste. Fue en el college.

—Pero ese amor se murió. Tal vez cuando nació Gustavo, quién sabe, ¿no?

—Sí quien sabe. Pero yo se que ese amor no se murió, lo matamos de a poco.

—Tengo la impresión de que tuvimos esta misma conversación alguna vez.

—No es sólo una impresión. Tuvimos esta misma conversación muchas veces, y en todas terminamos discutiendo.

—Tal vez aquel amor no se murió; se convirtió en un monstruo horrible…

—Se me está haciendo tarde —dijo ella y tomó su cartera.

Ernesto renunció a recordar por estos caminos. Todavía quería a aquella mujer (casi se lo dijo), ahora demacrada y llana de tristeza, pero no alcanzaba a saber si la seguía amando como la primera vez. Tal vez ese era el problema central: pretender que las cosas se conserven igual a pesar del tiempo sin aprender a reconocer y apreciar esos mismos cambios, esas formas diferentes que tomaba el amor para renovarse, para mantenerse vivo.

Seguramente ella no sufría de estas complejidades. Alguna vez ella mismo le había dicho que era el lado masculino de la casa y él el lado femenino: ella apasionada, simple y práctica; él complicado y sentimental, obsesionado con el amor romántico que, por definición, es flor de unos pocos días.

Mientras se recuperaba, ella lo iba a visitar por las tardes y se despedía puntualmente a las siete de la noche. Una vez le dijo que el otro —Ernesto no sabía su nombre; no lo necesitaba, porque Gustavo se quedaría a vivir con él—, contrariamente a lo que él creía, no estaba triste por su salida del coma. Ahora ella podía liberarse de su fantasma definitivamente. También podía divorciarse para hacer una vida normal.

Entonces Ernesto recordó que este había sido otro tema recurrente de discusión. Ella le había pedido el divorcio más de una vez y él había rehuido una respuesta diciendo que necesitaba tiempo para pensarlo. La verdad, que ni él veía con claridad, es que todavía amaba a Lucía con una obsesión enferma.

 

Una noche, él le preguntó si ya tenían fecha de casamiento y ella le contestó que no era su problema. Lo único que tenía que hacer era formar el divorcio. Él no contestó, lo que fue interpretado por ella como una amenaza. Ella logró romper el silencio de Ernesto en una discusión que fue subiendo de tono.

—Has vuelto a beber —le reprochó ella.

—No más que tu. ¿Te sientes mal? ¿Sí? Porque yo estoy muy lúcido todavía…

—Eres el mismo cínico de siempre —dijo Lucia, y salió de la cocina.

Subió las escaleras hacia el dormitorio. Ernesto la siguió. En el último escalón estaba ella. Recordó esos ojos, duros como el mármol, esperándolo en el último escalón. Y recordó que mientras forcejeaban, él intoxicado por el alcohol y los celos, quería decirle que la amaba, que la amaba como un adolescente y casi como un niño. Tampoco él había la sabido querer o la quería como un loco enfermo. Y los dos estaban enfermos o aquel amor apasionado y romántico que había inventado Ernesto los había enfermado.

Pero lo sorprendió la mano el ella, empujándolo de un hombro. Él intentó resistir, como en una pesadilla de niño, cuando soñaba que caía en el vacío. En ese instante supo que el dolor que sentía era por ella. Y por ella había olvidado esa mano que catorce años atrás le habían impedido alcanzar el último escalón primero y el pasamano después.

Pero Ernesto no avanzó. Todavía estaba débil y se agitaba ante el menor esfuerzo. Pudo detenerse a medio camino y pensar un momento.

Entonces bajó hacia la cocina y se sentó otra vez al lado de la copa de vino. La vio pasar de prisa y salir apresurada por la puerta principal.

Al día siguiente, el médico forense confirmó que Ernesto había muerto por los golpes ocasionados al caer por la escalera. En su sangre se encontró un nivel muy alto de alcohol.

Autor:  Jorge Majfud

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