Las zapatillas rojas

Publicado por: Ainoa Rodríguez

Personajes:

– Karen: Es la protagonista de la historia. Muy presumida ella, algo orgullosa y bastante cariñosa.
– Madre: La madre de Karen.
– Abuelita: La abuelita de Karen.
– Magda: Magda es una amiga de Karen y también su vecina.
– Espejito: El espejo en el que se mira Karen, también tiene vida en su interior capaz de hablarle de vez en cuando, cuándo ésta le pregunta.

ACTO I

Personajes en escena: Madre, Karen, Abuelita y Espejito

Hacía un día estupendo. Karen, se encontraba en una de las habitaciones de la casa de su abuelita. La casa, tenía todo tipo de lujos, lujos que, llamaban muchísimo la atención por lo caros que parecían ser algunos y artefactos dorados que habían entre otros. Todo brillaba muchísimo.

La abuela de Karen tenía todas esas cosas porque era muy pero que muy rica. Claro que, si había alguien que pudiese brillar más que toda esa la casa entera, esa era Karen. Ella lo sabía de sobra o eso es al menos lo que pensaba de sí misma.

En la habitación donde se encontraba Karen, había un tocador dorado. Junto a él existía un espejo capaz de responder todas las preguntas vanidosas posibles de quién se reflejaba en éste. En este caso, era Karen la que estaba sentada en un taburete, admirándose a sí misma, a su propia belleza en el espejo. Tenía unas zapatillas rojas que la hacían sentir muy bien y más cómoda consigo misma.

– Karen: ¡Me encanta como tengo el pelo! ¡Es precioso! ¿Verdad que es muy bonito, espejito?

– Espejito: Sí, es muy pero que muy bonita señorita.

– Karen: Lo sé. Y también sé que soy la más bonita de todas las niñas que hay en este mundo, ¡no, del planeta entero! ¿Verdad que es así espejito? Lo soy por tener este pelo tan rubio y parecido a el color de tu marco dorado, por mis ojos azules y mi tez tan blanca como la nieve recién caída. Soy muy bonita, ¿a que sí?

Mientras Karen seguía preguntándole al espejo lo bonita que era, ésta se acariciaba los rizos medio hipnotizada por cada detalle que apreciaba en su cara. Cualquier lunar, la forma de su nariz, la anchura de sus mejillas, le parecía absolutamente perfecto.

– Espejito: Sí… así es. Eres la más bonita de todas las niñas.

Espejito trataba de ser lo más complaciente posible. No le gustaba nada la idea de que hubiese alguna posibilidad de que Karen pudiese cabrearse tanto con él y que por ello le atacase hasta romper su propio reflejo de algún arrebato o berrinche. No era la más bonita para él, pero también era cierto que no le parecía nada fea, ni mucho menos desagradable.

Lo malo, es que Espejito comenzaba a sentirse agotado a medida que las horas seguían circulando tal y como el tiempo en su orden pasa como siempre. Pasaban y pasaban, pero Karen no parecía agotarse por lo contrario a él por mucho tiempo que siguiese sucediendo. Seguía preguntándole una y otra vez si era la más guapa de todas las niñas. Que si sus pestañas eran las más largas, sus cejas las más suaves y perfiladas… . Su cuerda parecía ser demasiado larga en el caso de parecer esa muñeca tan perfecta que decía ser y para él, algo así resultaba ser una imperfección interior de lo más grave.

Madre, empezaba a disgustarse mientras tomaba el té. Estaba sentada en un sofá alargado, con bordeados también dorados, aconjuntado al resto de muebles que habían por toda la casa. Su tela estaba llena entre un fondo beige, de rosas blancas y rosas con sus tallos flotantes en él. Tomaba el té y leía un libro. También había un reloj muy grande y muy alargado, que no hacía más que avisarle visualmente de que su hija Karen en esos momentos debería de estar haciendo los deberes, pero, no aparecía por el salón a la hora que ella precisaba de su presencia.

– Madre: Pero esta niña…

Comenzó a levantarse del sofá, inquieta. Dejó con brusquedad tanto el libro como la taza de té, en la mesa baja de madera, también con forma rectangular y alargada. Miró el reloj nuevamente y caminó de un lado a otro, tocándose el labio inferior con el dedo corazón de su mano derecha; así trataba de pensar cómo relajarse. Pero de relajarse nada, pues Karen seguía sin aparecer una vez pasada otra media hora más tardía.

– Madre: Cómo tarda esta chiquilla… ¡se va a enterar! Mira que no cumplir con sus obligaciones… .

Madre se encaminó con un paso a la vez de acompasado, también un poco rápido con un ápice de violencia nerviosa por lo sucedido. Abrió con brusquedad la puerta de la habitación donde, imaginó acertadamente que Karen se encontraría.

– Madre: ¡Aun aquí pequeña insensata! ¿Cuándo piensas hacer tus deberes? ¿Qué ganas de tanto mirarte en ese espejo?

– Karen: ¿Quieres algo?

– Madre: Sí, ¡que hagas tus tareas! Si no los terminas, tu amiga Magda se quedará esperándote eternamente.

– Karen: ¿Y qué si me espera? Es una tonta. Todos los días me está visitando y yo no tengo ninguna necesidad de que lo esté haciendo.

– Madre: ¿Cómo puedes decir algo así Karen? ¡Retira ahora mismo ese insulto que le acabas de dedicar injustamente a tu vecina! No me gusta nada la compostura de ahora, ¡con tanto orgullo no vas a ir a ninguna parte!

Karen, volvió a mirarse en el espejo, dándole la espalda a su madre con un desprecio orgulloso que Madre no podía creer estar viendo en esos instantes. Se acariciaba los rizos dorados nuevamente, bajando la mirada con indiferencia.

– Karen: Tú no lo entiendes, madre. ¿Me pasas el abrigo?

– Madre: No. Coge tus cosas tú misma. Cuándo dejes de comportarte como una prepotente entonces quizá decida mirarte.

Entonces madre salió de la habitación alterada, mucho más que antes de haber entrado con anterioridad en la habitación a sabiendas de que Karen no cumplía con sus tareas. Y Karen, decidió seguir mirándose en el espejo. Se quedó encaprichadamente mirando su reflejo y el engaño que éste seguía transmitiéndole con sus respuestas. Aumentando su orgullo, su prepotencia y perdiendo más de lo que creía, porque no sabía ver más que lo que aparentaba su piel en Espejito.

 

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Publicado por: Ainoa Rodríguez

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